Porfirio Díaz ejerció un control casi total de la sociedad para llevar al país al orden social y político, aunque para ello no le importaron los medios. Así logró la primera parte de su lema: "orden", luego se dedicó a tratar de obtener el "progreso". Pensaba que progreso significaba modernización y transformar las deudas y la pobreza del campo y de la industria en desarrollo económico. Pero en México no había buenas carreteras, ni suficientes vías férreas; el comercio y el transporte de productos agrícolas se hacía en carretas, las cuales transitaban por caminos que se hallaban en pésimas condiciones. Los capitales mexicanos eran insuficientes; además, existía temor para invertir en cuestiones consideradas arriesgadas, como la explotación del petróleo. Para que México prosperara era necesario conseguir préstamos en el extranjero que contribuyeran al desarrollo de la economía mexicana.

Porfirio Díaz benefició a ricos y a extranjeros.     Díaz pensó que el hombre indicado para administrar y desarrollar la economía del país era José Ives Limantour y lo nombró ministro de Hacienda. Limantour promovió las inversiones extranjeras y así se inició la primera transformación económica del México de fines del siglo XIX. Para atraer al capital foráneo, sobre todo inglés, estadounidense y francés; se concedieron muchos privilegios y una gran libertad.

     Así se resolvía el problema de la carencia económica, pero era necesario cuidar que esa dependencia no terminara por dominar al régimen y al propio país.

     De esta manera se pudo continuar la construcción de ferrocarriles, que junto con los barcos de vapor eran símbolo de la modernidad en comunicación. Ese impulso a los ferrocarriles permitió alcanzar cierto progreso, porque el comercio y la industria recibieron el apoyo de la inversión y la posibilidad de llevar sus mercancías a los lugares de venta y consumo.

     Se crearon instituciones de crédito como el Banco Mercantil Mexicano, y se autorizó a otras ya existentes, como el Monte de Piedad, para conceder préstamos.

     El desarrollo económico propició el resurgimiento de algunas ciudades como Guanajuato y Zacatecas, y la aparición de otras como Monterrey que, aunque ya existía, no había adquirido relevancia económica hasta ese momento.

     Al no poder competir en igualdad de circunstancias con el capital extranjero, el capital nacional se refugió en el campo, enriqueciéndose a través de la explotación de las haciendas.

 

 

 LOS RECURSOS NATURALES Y LA INVERSIÓN EXTRANJERA

Los capitales que llegaron al país se beneficiaron con la explotación de nuestros recursos. El país recibía cierta utilidad, pero ésta no era comparable con la que se llevaban los extranjeros, quienes no se preocuparon por fundar una industria verdadera, sino sólo la que permitiera explotar los recursos con el menor gasto.

     La administración porfirista se daba cuenta de que los inversionistas extranjeros eran muy voraces y trató de frenarlos, pero fue imposible porque ya se habían dado grandes concesiones.

     La inversión extranjera explotó los siguientes recursos naturales:

  • En minería, los empresarios extranjeros explotaron plata y oro en minas de Guanajuato, Zacatecas, Sonora y Pachuca.
  • En la rama textil, se industrializó el algodón y el henequén.
  • En agricultura, se intensificó el cultivo del café, tabaco y frutas tropicales.
  • En el sector industrial, se abrieron fábricas para la elaboración de cerveza.
  • El sector metalúrgico incrementó la productividad tratando de reducir costos.
  • En cuanto al petróleo, su explotación se inició en la última década del porfiriato.

 

 

 LAS VÍAS DE COMUNICACIÓN Y LAS FUENTES DE ENERGÍA

La falta de caminos era un grave problema a principios del porfiriato. La hermosa pero accidentada geografía mexicana requería medios de comunicación entre las poblaciones. Además, el inicio del comercio exterior, especialmente con Estados Unidos, agudizó todavía más la necesidad de tener mejores vías de comunicación para transportar materias primas y contribuir de esta manera al desarrollo económico del país y su modernización.

     Se amplió la red ferroviaria, muchas poblaciones quedaron comunicadas por los ferrocarriles, hubo empleos para mucha gente y las costumbres de los habitantes de esas poblaciones empezaron a cambiar. El gobierno porfirista utilizó los trenes para controlar mejor al país, pues el ejército se movilizaba con rapidez cuando quería reprimir alguna insurrección.

     Este gran impulso a los ferrocarriles se efectuó sobre todo en los estados del norte, para comunicar los centros industriales y mineros con Estados Unidos.

     Las máquinas de vapor también se usaban en los barcos, las minas y las fábricas. Sólo que para producir vapor, las calderas utilizaban carbón de piedra y nuestro país no producía suficiente, por lo que era necesario importarlo y esto aumentaba los costos de producción. Entonces se buscó sustituirlo por la energía eléctrica en fábricas y minas, y por petróleo en los ferrocarriles. La electricidad fue de gran utilidad; en las minas, por ejemplo, sirvió para mover las máquinas que sacaban el agua cuando se inundaban y también para fundir metales.

    Otra vía de comunicación muy importante la constituyeron los puertos, a través de los cuales los barcos comerciaban con Norteamérica y Europa; inclusive los ingleses construyeron instalaciones en algunos de ellos, gracias a las concesiones que les otorgó el ministro Limantour.

     Sin embargo, los caminos seguían siendo peligrosos. El gobierno de Porfirio Díaz se preocupó por desarrollar las vías ferroviarias, pero no tanto por los caminos para transporte terrestre, los cuales continuaron en malas condiciones y eran asolados por bandas de maleantes.

 

 

 EL COMERCIO Y LA INDUSTRIA

Antes de los ferrocarriles, el comercio se realizaba a "lomo de bestia"; esta forma de transportar las mercancías resultaba lenta, costosa y peligrosa. Con los trenes el comercio se facilitó y resultó más seguro y barato, porque además el gobierno de Díaz suprimió algunos impuestos. Con esas medidas algunos productos bajaron de precio y fueron más solicitados. El comercio estuvo principalmente en manos de españoles, franceses, El desarrollo de la industria ocasionó la transformación del artesano en obrero. ingleses y alemanes, quienes controlaban la importación de mercancías que, al venderlas, les reportaban grandes ganancias, pues como pago recibían no sólo dinero, sino también productos como plata, azúcar y algodón; ello les permitía aumentar su riqueza y control sobre la economía. En la Ciudad de México se concentraba la mayor parte de los negocios.

     Existía también el pequeño comercio que, incapaz de competir con el grande, se limitaba a sobrevivir con productos artesanales y del campo.

     En relación con la industria, la primera y una de las más importantes fue la textil, ya que experimentó un crecimiento notable en el tiempo que se introdujo la electricidad, especialmente en Puebla y Tlaxcala. Prosperaron las industrias tabacalera, henequenera, cervecera, metalúrgica y vidriera.

     La demanda de mano de obra en las fábricas, así como la de productos, propició que el artesano se transformara en obrero. Las mujeres se incorporaron en gran número a la industria.

     En las fábricas, las condiciones de trabajo para los obreros eran deplorables: jornadas extenuantes de 12 e incluso 14 horas, salarios bajos, inseguridad; capataces extranjeros que ganaban mayor sueldo, etc., y todo esto generó poco a poco malestar entre los mexicanos.

     El crecimiento de la industria fortaleció el entusiasmo por el progreso, principalmente porque daba empleo a los mexicanos, pero la mayor parte de las ganancias se iban al extranjero. Las pésimas condiciones laborales en las fábricas preparaban el camino a la revolución.

     Podemos concluir que las inversiones extranjeras, las vías de comunicación, las nuevas fuentes de energía, el comercio y la industria, originaron importantes cambios económicos, políticos, sociales y culturales.

 

 

 LAS CIUDADES Y LOS CAMBIOS EN LA DISTRIBUCIÓN TERRITORIAL 
 DE LA POBLACIÓN

A medida que avanzaba el porfirismo, se transformaba y progresaba también la industria textil, minera y petrolera, y a su alrededor fueron creciendo los núcleos de población. La mayor parte de las fábricas se concentraban en la capital de la República y su cercanías; hubo fábricas textiles en Tlalpan y San Ángel, así como en otras partes del valle de México, y esto trajo como consecuencia el aumento poblacional.

Las fábricas propiedad de extranjeros obtenían grandes ganancias porque la mano de obra mexicana es barata.     La minería concentró grupos considerables de población en Zacatecas, Guanajuato, Sonora, etc. Los lugares donde se buscaba petróleo fueron las zonas costeras, donde también se crearon nuevos poblados.

     La densidad demográfica hizo que muchas ciudades comenzaran a experimentar los problemas que conlleva un crecimiento urbano no planificado: escasez de la vivienda, deterioro del medio ambiente, desecación de los lagos y ríos, etcétera.

 

 

 EL PROBLEMA DE LA TIERRA

Desarrollo de la gran propiedad y situación de las tierras de los pueblos y las comunidades indígenas

Durante el siglo XIX, antes de la reforma juarista, la Iglesia era la mayor poseedora de tierras; con la venta o nacionalización de sus bienes, esas propiedades pasaron a manos de los grupos sociales que tenían la capacidad económica para adquirirlas, es decir, los terratenientes nacionales y extranjeros, quienes para cultivarlas necesitaban el trabajo de los campesinos. Entonces los reclutaron para llevarlos como peones y crearon formas de trabajo que los ligaron a la tierra por largo tiempo, como el peonaje por deudas. Esto favoreció el acasillamiento, que era un sistema en que el campesino recibía préstamos para hacer producir la tierra, pero las contingencias a que están expuestos los cultivos de temporal, como la falta de lluvias, las heladas o las inundaciones, provocaban la pérdida de la cosecha y el campesino ya no podía pagar su deuda, así que se veía obligado a pagar con su trabajo. Al morir el padre, sus hijos heredaban la deuda; de esa manera los peones ya no podían salir de las haciendas y estaban casi en calidad de esclavos. Por eso, los campesinos anhelaban verse libres de ese yugo.

Campesinos     Estos procedimientos permitieron que la producción agrícola de las haciendas se intensificara y que los hacendados ganaran grandes fortunas.

     En el norte no era común el acasillamiento; las minas, el ferrocarril y la frontera determinaron otras condiciones de vida. Para mantener la mano de obra se usó el paternalismo.

     Los cultivos dependían del clima, pues las lluvias eran un factor primordial en el abasto de agua. Se formó una clase media rural: los rancheros, quienes cultivaban la tierra de manera independiente y tenían suficiente dinero para vivir, aunque sin lujos, y no eran partidarios del gobierno por los altos impuestos que pagaban.

     Durante el gobierno juarista se había promulgado una ley sobre los terrenos baldíos, es decir, los que no tenían propietario y de los cuales se desconocía su extensión. El gobierno encargó a empresas privadas que los deslindaran o midieran y los pusieran en venta. Por hacer los trabajos de deslinde las compañías se quedaban con una tercera parte de los terrenos y podían comprar a bajo precio otro tercio; la parte sobrante pasaba a ser propiedad del gobierno.

     En el porfirismo se permitió la participación de compañías extranjeras en los deslindamientos y se incrementó el límite establecido para deslindar. En esta forma la especulación con terrenos fue un negocio que alcanzó grandes proporciones.

     Desde el primer periodo presidencial de Díaz, hasta 1905, el gobierno entregó 39 millones de hectáreas a los hacendados, lo que le redituó un ingreso de 8.8 millones de pesos.

     Muchos de los terrenos baldíos eran propiedad de comunidades indígenas que los venían trabajando desde épocas anteriores sin la preocupación de legalizar sus documentos, ya que la posesión de sus tierras era reconocida de manera tradicional por la comunidad. Eso facilitó el que los campesinos fueran despojados de sus tierras y se convirtieran en peones que trabajaban para los hacendados largas jornadas; su pago era cubierto en las llamadas "tiendas de raya", en las que recibían productos de mala calidad, bebidas embriagantes y artículos de lujo que no necesitaban. Además se abusaba de su analfabetismo, para que su cuenta en la tienda creciera desmesuradamente y nunca pudieran liquidarla. Así se desarrolló el sistema de acasillamiento.

     En otras haciendas se pagaba a los peones con "tlacos", es decir, monedas que sólo tenían valor dentro de la hacienda, hechas con metales de poco valor o hasta de madera o corcho.

 

 

 

 

 

 

 

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