JOSÉ FERNÁNDEZ DE LIZARDI

José Joaquín Fernández de Lizardi, mejor conocido como El Pensador Mexicano, destacó como escritor popular durante los últimos años de la Colonia, lo que duró la guerra de Independencia y los primeros del México independiente. Empezó publicando folletos breves, fáciles de leer y de transmitir de viva voz. En esa época, la mayoría de la población de México era analfabeta. Con obras como las de Lizardi se podían enterar de los sucesos notorios, las últimas novedades y de todo cuanto se quisiera transmitir por este medio; sin embargo, estas producciones fueron prohibidas por las autoridades virreinales. Fernández de Lizardi fundó en 1812 el periódico El pensador mexicano, de donde tomó el seudónimo que desde ese momento lo identificó. El propósito central de toda la obra de Lizardi era la educación de su pueblo, ilustrar a México era una manera de hacerlo libre.

     Rasgos esenciales del romanticismo fueron la libertad y el amor a la naturaleza. Por eso se dice que el romanticismo hispanoamericano fue anterior al europeo, puesto que estas características surgieron con las luchas de independencia. Tal fue el caso de José Joaquín Fernández de Lizardi, quien se puede ubicar como un autor prerromántico. Las luchas políticas estimularon su crítica satírica reflejada en sus novelas y en su periódico El pensador mexicano, imitación de El pensador inglés.

     Fernández de Lizardi sintió la necesidad de transformar a su patria. Encauzó políticamente a los criollos desamparados como él, que venía de una familia de clase media y de escasos recursos. Con grandes trabajos y no menos esfuerzos estudió en Tepotzotlán. Más tarde, en México, estudió latín y en 1793 ingresó en el Real y Antiguo Colegio de San Ildefonso, donde cursó lógica, metafísica y física. A la muerte de su padre (1798), abandonó sus estudios. Desde muy joven cultivó las letras sin más armas que su ingenio, su agudeza y el deseo de propagar sus ideas libertarias que lo llevaron a ser partidario de la insurgencia a la que defendió en sus escritos. Algunos autores afirman que fue encarcelado por entregar a Morelos las armas y la plata que tenía en custodia cuando desempeñaba el cargo de teniente de justicia de las minas de Taxco.

     Se adhirió a la causa de Agustín de Iturbide, a quien después abandonó desilusionado cuando éste se convirtió en emperador de México; se refugió, entonces, en la francmasonería, la cual reunía a los grandes liberales y por esta razón fue excomulgado por la iglesia católica. Vivió siempre en la pobreza y más preocupado por los problemas sociales de su patria que por los suyos. Después del triunfo de la Independencia, el gobierno lo pensionó modestamente. Murió de una larga y penosa enfermedad el 21 de junio de 1827 en la Ciudad de México, tan pobre como nació, pero siempre rico en agudeza e ingenio y, sobre todo, con las ideas románticas de libertad e igualdad por las que siempre luchó con la pluma, como la más lacerante de las espadas. Antes de morir, cuando estaba gravemente enfermo de tuberculosis, redactó la primera parte de su testamento, en el que disponía que no deseaba un sacerdote que lo atormentara con "conjuros contra diablos y otras diligencias que suelen tenerse ensayadas para esta hora". Como contraparte indicaba que prefería "un sacerdote sabio, en este caso vale más que mil agonizadores necios. Éste sabe derramar en mi alma el bálsamo dulce de la confianza en el padre de las misericordias, alentar mi espíritu con la confianza de los premios eternos y difundir una tranquilidad, por toda mi alma, con los augustos consuelos de la religión". Después de hacer algunas otras recomendaciones como que no se le colocase en el piso ni con cuatro velas, que no se le velara y que se le sepultara después de veinticuatro horas y vestido de militar (capitán primero, que fue el grado con que lo pensionó el gobierno), dispuso que sus amigos grabaran en su sepulcro, como en sus corazones, el siguiente epitafio: "Aquí yacen las cenizas del Pensador Mexicano, quien hizo lo que pudo por su patria".

     El Periquillo Sarniento, de Lizardi, es considerada la primera novela hispanoamericana. En ésta relata la vida de Pedro Sarmiento, que en su juventud había sido un pícaro, y que ya en su vejez y enfermo redacta sus memorias para dejárselas a sus hijos como testamento, queriendo con ello prevenirlos de que el vicio y la falta de conocimientos no conducen más que a la desventura.

     Los primeros tres volúmenes de esta novela se publicaron en 1816 y el cuarto apareció hasta después de la muerte del autor. Con respecto a esta novela, Josefina Chorén, Guadalupe Goicochea y Ángeles Rull, nos dicen en su obra Literatura mexicana e hispanoamericana: "Esta obra abre el género novelesco en México con una vigorosa descripción del pícaro mestizo. El Periquillo Sarniento, novela similar a la picaresca española, es un relato en primera persona, describe a un héroe de mil peripecias y es, sin embargo, el resultado de la inquietud social de la época; el Periquillo no es un vividor, es un hombre débil de carácter que se ve arrastrado por las lacras de un sistema social; las desgracias que le ocurren se debe a su falta de raciocinio y virtud. Lizardi no sólo deseaba describir a la sociedad, sino reformarla, y lo intenta mostrando los problemas sociales, lo vulgar, lo típico de la vida de su tiempo, sacrificando a veces la libertad narrativa por los sermones morales, el realismo estilístico y agregando la comicidad…"

     Las páginas de El Periquillo Sarniento son un reflejo fiel del pensamiento, ingenioso y satírico, de Lizardi, quien busca en esta novela una respuesta a la vida del mexicano de su época. Es una novela picaresca, aunque distinta en realidad a otras, por su vocabulario original y pintoresco. Como la preocupación más grande de Lizardi era la educación del pueblo, hace del personaje del Periquillo su portavoz, mediante el cual expresa algunas nuevas ideas educativas procedentes de Francia y España, como las referentes a la enseñanza del latín, de Ignacio Rodríguez en su Discernimiento filosófico de ingenios, publicado en Madrid en 1795, además de lo expresado por Blanchard en su obra L’ècole des moeurs, publicada en Lyon en 1782.

     Otras obras de Lizardi de corte poético son Ratos entretenidos o miscelánea útil y curiosa y un poema burlesco sobre el matrimonio, El epitalamio. Cultivó la fábula a la manera de los neoclásicos como Sarmiento, Iriarte y La Fontaine. También escribió algunas obras dramáticas (monólogos) como El unipersonal de don Agustín de Iturbide y la Tragedia del Padre Arenas, entre otras. Novelas representativas suyas son Don Catrín de la Fachenda, La Quijotita y su prima y Noches tristes y día alegre.

 

 EL PERIQUILLO SARNIENTO

A continuación se transcribe un fragmento de la novela El Periquillo Sarniento.

Capítulo 1

     Comienza Periquillo escribiendo el motivo que tuvo para dejar a sus hijos estos cuadernos, y da razón de sus padres, patria, nacimiento y demás ocurrencias de su infancia.

     Postrado en una cama muchos meses hace, batallando con los médicos y enfermedades, y esperando con resignación el día que, cumplido el orden de la divina Providencia, hayáis de cerrar mis ojos, queridos hijos míos, he pensado dejaros escritos los nada raros sucesos de mi vida, para que os sepáis guardar y precaver de muchos de los peligros que amenazan y aun lastiman al hombre en el discurso de sus días.

     Deseo que en esta lectura aprendáis a desechar muchos errores que notaréis por mí y por otros, y que, prevenidos con mis lecciones, no os expongáis a sufrir los malos tratamientos que yo he sufrido por mi culpa; satisfechos de que mejor es aprovechar el desengaño en las cabezas ajenas que en la propia […]

     Hijos míos, después de mi muerte leeréis por primera vez estos escritos. Dirigid entonces vuestros votos por mí al trono de las misericordias; escarmentad en mis locuras; no os dejéis seducir por las falsedades de los hombres; aprended las máximas que os enseño, acordándoos que las aprendí a costa de muy dolorosas experiencias; jamás alabéis mi obra, pues ha tenido más parte en ella el deseo de aprovecharos; y empapados en estas consideraciones, comenzad a leer.

     Mi patria, padres, nacimiento y primera educación

     Nací en México, capital de América Septentrional, en la Nueva España. Ningunos elogios serían bastantes en mi boca para dedicarlos a mi casa patria; pero, por serlo, ningunos más sospechosos. Los que la habitan y los extranjeros que la han visto pueden hacer su panegírico más creíble, pues no tienen el estorbo de la parcialidad, cuyo lente de aumento puede a veces disfrazar los defectos, como poner en grande las ventajas de la patria aun a los mismos naturales; y así, dejando la descripción de México para los curiosos imparciales, digo: que nací en ésta y rica populosa ciudad por los años de 1771 a 73, de unos padres no opulentos, pero no constituidos en la miseria; al mismo tiempo que eran de una limpia sangre, la hacían lucir y conocer por su virtud. ¡Oh, si siempre los hijos siguieran constantemente los buenos ejemplos de sus padres! […]

     Mis padres ya habían citado a los padrinos, y no pobres, sencillamente persuadidos a que en el caso de orfandad me servirían de apoyo.

     Tenían los pobres viejos menos conocimiento del mundo que el que yo he adquirido, pues tengo muy profunda experiencia de que los más de los padrinos no saben las obligaciones que contraen al respecto a los ahijados, y así creen que hacen mucho con darles medio real cuando los ven, y si sus padres mueren, se acuerdan de ellos como si nunca los hubieran visto. Bien es verdad que hay algunos padrinos que cumplen con su obligación exactamente, y aun se anticipan a sus propios padres en proteger y educar a sus ahijados.

     ¡Gloria eterna a semejantes padrinos! […]

     Bautizáronme, por fin, y pusiéronme por nombre Pedro, llevando después, como es uso, el apellido de mi padre, que era Sarmiento.

     Mi madre era bonita, y mi padre la amaba con extremo; con esto y la persuasión de mis discretas tías, se determinó nemine discrepante (esta fórmula, usada en la universidad, quiere decir en castellano sin oposición, unánimemente.),a darme nodriza, o chichigua como acá decimos.

     ¡Ay, hijos! Si os casareis algún día y tuviereis sucesión, no la encomendéis a los ciudadanos mercenarios de esta clase de gentes: lo uno, porque regularmente son abandonadas y al menor descuido son causa de que se enfermen los niños; pues como no los aman y sólo los alimentan por su mercenario interés, no se guardan de hacer cóleras, de comer mil cosas que dañan su salud, y de consiguiente la de las criaturas que se les confían, ni de cometer otros excesos perjudiciales, que no digo por no ofender vuestras modestias; y lo otro, porque es una cosa que escandaliza a la naturaleza que una madre racional haga lo que no hace una burra, una gata, una perra, ni ninguna hembra puramente animal y destituida de razón. […]

     No sólo consiguieron mis padres hacerme un mal genio con su abandono, sino también enfermizo con su cuidado. Mis nodrizas comenzaron a debilitar mi salud, y hacerme resabido, soberbio e impertinente con sus desarreglos y descuidos y mis padres la acabaron de destruir con su prolijo y mal entendido cuidado y cariño; porque luego que me quitaron el pecho, que no costó poco trabajo, se trató de criarme demasiado regalón y delicado, pero siempre sin dirección ni tino.

     Es menester que sepáis, hijos míos (por si no os lo he dicho), que mi padre era de mucho juicio, nada vulgar, y por lo mismo se oponía a todas las candideces de mi madre; pero algunas veces, por no decir las más, flaqueaba en cuanto la veía afligirse o incomodarse demasiado, y ésta fue la causa porque yo me críe entre bien y mal, no sólo con perjuicio de mi educación moral, sino también de mi constitución física.

     Bastaba que yo manifestara deseo de alguna cosa, para que mi madre hiciera por ponérmela en las manos, aunque fuera injustamente. Supongamos: quería yo su rosario, el dedal con que costa, un dulcesito de otro niño de casa tuviera en la mano, o cosa semejante, se me había de dar en el instante, y cuenta cómo se me negaba, porque aturdía yo el barrio en gritos; y cómo me enseñaron a darme cuanto gusto quería, porque no llorara, yo lloraba por cuanto se me antojaba para que se me diera pronto.

     Si alguna criada me incomodaba, hacía mi madre que la castigaba, como para satisfacerme, y esto no era otra cosa que enseñarme a ser soberbio y negativo.

     Me daban de comer cuanto quería, indistintamente a todas horas, sin orden ni regla en la cantidad ni la calidad de los alimentos, y con tan bonito método lograron verme dentro de pocos meses cursiento, barrigón y descolorido.

     Yo, a más de esto, dormía hasta las quinientas, y cuando me despertaban me vestían y me envolvían como un tamal de pies a cabeza; de manera que, según me contaron, yo jamás me levantaba de la cama sin zapatos, ni salía del jonuco sin la cabeza entrapajada. A más de esto, aunque mis padres eran pobres, no tanto que carecieran de proporciones para no tener sus vidrieritas; teníanlas en efecto, y yo no era dueño de salir al corredor o al balcón sino por un raro accidente, y eso ya entrado el día. Me economizaban los baños terriblemente, y cuando me bañaban por campanada de vacante, era en la recámara muy abrigada y con una agua bien caliente. […]

     Otra candidez tuvo la pobrecita de mi madre, y fue llenarme la fantasía de cocos, viejos y macacos con cuyos extravagantes nombres me intimidaba cuando estaba enojada y yo no quería callar, dormir o cosa semejante. […]

     De aquí proviene que todos los días vemos hombres en que respetamos alguna autoridad o carácter, y en quienes reconocemos bastante talento y estudio; y sin embargo, los notamos caprichosamente adheridos a ciertas vulgaridades ridículas y lo peor es que están más aferrados a ellas que el codicioso Creso a sus tesoros; y así suelen morir abrazados con sus envejecidas ignorancias; siendo esto como natural, pues, como dijo Horacio: "La vasija guarda por mucho tiempo el olor del primer aroma en que se infurtió cuando nueva".

     Mi padre era, como he dicho, un hombre muy juicioso y muy prudente; siempre se incomodaba con estas boberías; era demasiadamente opuesto a ellas; pero amaba a mi madre con extremo, y este excesivo amor era causa de que por no darle pesadumbre, sufriera y tolerara, a su pesar, casi todas sus extravagantes ideas, y permitiera, sin mala intención, que mi madre y mis tías se conjuraran en mi daño. ¡Válgame Dios, y qué consentido y mal criado me educaron! ¿A mí negarme lo que pedía, aunque fuera una cosa ilícita en mi edad o perniciosa a mi salud? Era imposible. ¿Reñirme por mis primeras groserías? De ningún modo. ¿Refrenar los ímpetus primeros de mis pasiones? Nunca. Todo lo contrario. Mis venganzas, mis glotonerías, mis necesidades y todas mis boberías pasaban por gracias propias de la edad, como si la edad primera no fuera la más propia para imprimirnos las ideas de la virtud y el honor.

     Todos disculpaban mis extravíos y canonizaban mis toscos errores con la antigua y mal repetida cantaleta de: déjelo usted; es niño; es propio de su edad; no sabe lo que hace. ¿Cómo ha de comenzar por donde nosotros acabamos?, y otras tonterías de este jaez, con cuyas indulgencias me pervertía más mi madre, y mi padre tenía que ceder a su impertinente cariño. ¡Qué mal hacen los hombres que se dejan dominar de sus mujeres, especialmente acerca de la crianza o educación de sus hijos!

     Finalmente, así viví en mi casa los seis años que vi el mundo. Es decir, viví como un mero animal, sin saber lo que me importaba saber y no ignorando mucho de lo que me convenía ignorar. […]

 

 ANÁLISIS DEL CAPÍTULO 1 DE EL PERIQUILLO SARNIENTO

El fragmento de la novela está dividido en dos partes:

     La justificación del porqué escribe el Periquillo el texto, dirigido a sus hijos.

La narración de su infancia.

1. Tema

     El tema del fragmento elegido es la infancia del Periquillo, su origen, su familia y la educación que recibió.

2. Estructura del texto

Análisis de forma

      El texto está escrito en prosa, narrado en forma anecdótica; utiliza un narrador en primera persona: es el Periquillo, quien cuenta su vida.

     El capítulo se divide de la siguiente manera:

  • Narración de los errores y flaquezas del Periquillo, la cual es graciosa y ocurrente; casi siempre se usan verbos en pretérito y copretérito. Por ejemplo:

     Mi madre era bonita, y mi padre la amaba con extremo: con esto y la persuasión de mis discretas tías, se determinó, nemine discrepante, a darme nodriza o chichigua, como por acá decimos.

Crítica de los errores y sugerencias para evitarlos

     Está escrita de manera densa y abundante; frecuentemente los verbos que se usan están en presente de indicativo. Por ejemplo:

     ¡Ay, hijos! si os casareis algún día y tuviereis sucesión, no la encomendéis a los cuidados mercenarios de esta clase de gentes; lo uno, porque regularmente son abandonadas, y al menor descuido son causa de que se enfermen los niños; pues como no los aman, y sólo los alimentan por su mercenario interés, no se guardan de hacer cóleras, de comer mil cosas que dañan su salud, y de consiguiente, a las criaturas que se les confían…

     A grandes rasgos éstas son las características formales de El Periquillo Sarniento, las cuales se reflejan en este primer capítulo.

Análisis de fondo

     Pedro Sarmiento es el protagonista, él genera toda la acción y es el centro de todos los conflictos.

     Fernández de Lizardi trató de combatir los vicios de la sociedad colonial. Criticó al gobierno corrupto, el abuso de la autoridad, los privilegios de los españoles, la desigual distribución de la riqueza y la educación elitista (sólo para unos cuantos).

     En el capítulo leído se observa esto último: el Periquillo critica la forma en que fue educado. Trata de cambiar a la sociedad al educar a la familia, moralizar a la colectividad, corregir las malas costumbres y enaltecer las cualidades nacionales.

     El autor hace una descripción detallada del comportamiento de los personajes, de los ambientes, sentimientos, vestidos, formas de hablar, etc. Al recrear el habla popular y familiar pretende que el lector se reconozca en los personajes. Su intención era la de educar a los mexicanos.

     A manera de resumen se puede decir que la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi tuvo como finalidad educar a los mexicanos para hacerlos libres. Fundó el periódico El pensador mexicano, de donde tomó su seudónimo. La novela de Lizardi El Periquillo Sarniento es considerada la primera novela de Hispanoamérica. En ella se ejemplifica la importancia que tiene prevenirse de los vicios y buscar la educación y el conocimiento para lograr una vida libre y venturosa.

 

 

 

 

 

 

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