• El cantar de Mio Cid

 

 EL CANTAR DE MIO CID

Un ejemplo de la épica medieval es El cantar de Mio Cid, primer texto literario conocido en romance castellano.

     El Poema del Cid, como se ha titulado también a la obra original de El cantar de Mio Cid, se conserva en una copia manuscrita que data de 1307, hecha por Per Abbat o Pedro Abad. La copia está formada por 74 hojas de pergamino, repartidas en 11 cuadernillos, a los que les falta el principio y algunas partes intermedias del relato, pero que ha sido posible reconstruir tomando como fuente las Crónicas de Veinte Reyes, texto de carácter histórico.

     Ramón Menéndez Pidal publicó El cantar de Mio Cid añadiendo gramática y vocabulario. Éstas son algunas de sus características:

• Es de autor anónimo.

• Fue escrito hacia 1140.

• Es una obra realista, es decir, se basa en hechos históricos y el héroe tiene virtudes y debilidades humanas.

• Está escrita en verso (con rima asonante y uniforme, metro variado y de 10 a 18 sílabas).

• Muestra todos los aspectos de la vida, así como las costumbres españolas feudales del siglo XII.

     Los antecedentes históricos de esta obra son: a la muerte del rey Fernando I, don Sancho, su hijo primogénito, hereda el reino de Castilla; su segundo hijo, don Alfonso VI, recibe el reino de León. Inconforme con la repartición, Sancho pelea contra el resto de sus hermanos, pero es asesinado y Alfonso se convierte en rey de León y Castilla.

     Don Rodrigo Díaz de Vivar, llamado el Cid Campeador o Mio Cid (que significa "mi señor"), partidario del reino de Castilla y vasallo de don Sancho, le pide al nuevo rey que jure, más de una vez, que no ha sido él quien asesinó a su hermano. En una época en la que el honor es una característica fundamental, el juramento ofende al rey Alfonso, pues se lo ha pedido un vasallo. El rey busca, entonces, un pretexto para desterrar a Rodrigo de su reino. En este punto comienza el poema.

     Menéndez Pidal divide el argumento en tres partes: "El destierro del Cid", "Las bodas de las hijas del Cid" y "La afrenta de Corpes".

     Leamos con atención el resumen de cada una.

El destierro del Cid

     El rey Alfonso envía al Cid Ruy Díaz a cobrar las parias (impuestos o tributos) del rey moro Almutamiz de Sevilla, quien guerrea con Almudafar, rey moro de Granada que contaba con el apoyo de algunos hombres ricos de la corte del rey Alfonso, entre los que destaca el conde castellano Garcí Ordóñez. El Cid, amparando a Almutamiz, vence a Garcí Ordóñez en la población de Cabra y le prende afrentosamente mesándole (jalando, arrancando) las barbas (gesto de humillación y sometimiento). El Cid torna a Castilla con las parias, pero sus enemigos le indisponen con el rey, y éste, que le guardaba aún resquemores por el juramento que le exigiera, no se cuidó mucho de averiguar la verdad y destierra al Cid, quien convoca a sus vasallos y éstos se destierran con él dirigiéndose a Burgos, donde nadie los hospeda, sólo una niña le dirige la palabra para pedirle que se alejen.

     El Cid se ve obligado a acampar fuera de la población, en la glera (arenal del río) y es donde Martín Antolínez lo provee de víveres. El Cid, empobrecido, acude a la astucia de Antolínez. Ambos llenan dos arcas de arena y dicen que están llenas de objetivos valiosos para obtener dinero de los judíos Raquel y Vidas, quienes le dan al Cid seiscientos marcos (monedas de oro) por las arcas y prometen no abrirlas en un año. Antolínez marcha con el Cid después de cobrar el dinero.

     El Cid al salir de Burgos promete mil misas al altar de la Virgen y se dirige a San Pedro de Cardeña, donde deja a sus hijas y a su esposa, doña Jimena, con el buen abad don Sancho. Cien castellanos se le unen en Burgos e inician el destierro. En la última noche que el Cid pasa en Castilla, un ángel en sueños lo consuela; al día siguiente hace un recuento de sus hombres y entra al reino moro de Toledo, y por sorpresa toma Castejón y Alcalá.

     Después marcha a tierras de Zaragoza, dependientes del rey de Valencia; toma Alcocer por medio de un ardid y acampa ahí. El Cid es clemente con los moros de Alcocer, pero el rey de Valencia quiere recobrar su territorio y ataca al Cid. Éste gana la batalla derrotando a los moros (árabes), quienes huyen dejando un gran botín, que el Cid envía como presente al rey Alfonso.

     Ruy Díaz deja Alcocer con buenos agüeros y acampa en Monreal, donde doscientos castellanos se reúnen con él y dan un escarmiento a los moros en Alcañiz. Luego avanzan hacia las tierras amparadas por el conde Ramón Berenguer, conde de Barcelona, quien es vencido por el Cid. Éste gana la espada Colada, como trofeo de guerra. Prisionero, el conde Ramón quiere dejarse morir de hambre hasta que el Cid le otorgue la libertad; el conde es liberado y se aleja receloso dejando grandes ganancias al Cid.

Las bodas de las hijas del Cid

     El Cid deja Zaragoza y se dirige a conquistar tierras de Valencia. Los moros valencianos cercan al Cid, pero éste rompe el cerco e inicia correrías al sur de Valencia conquistando así toda la región. Desde allí dispone un nuevo presente para el rey Alfonso y nombra a don Jerónimo, un clérigo francés, obispo de Valencia.

     Minaya, el mejor amigo del Cid, va a Cardeña por Jimena y sus hijas, y en Burgos promete buen pago a los judíos engañados. Con la esposa e hijas de Ruy Díaz se reúne con él, llevando además más castellanos para sus ejércitos. Jimena y sus hijas una vez en Valencia contemplan la ciudad de la que ahora son dueñas.

     El rey de Marruecos trata de reconquistar Valencia, pero en singular batalla es vencido por el Cid ante los ojos de Jimena y sus hijas. En la lid destaca la velocidad de Babieca, el caballo que ganó el Cid en una batalla anterior, así como la bravura del obispo de Valencia, quien tomó la alternativa. El Cid manda nuevos presentes al rey, entre los que figuran la riquísima tienda de guerra del rey de Marruecos.

     Cuando Minaya entrega los presentes al rey, éste se alegra de tal forma que perdona al Cid. Los infantes de Carrión aprovechan la oportunidad y piden al rey la mano de las hijas del Cid, doña Elvira y doña Sol. El rey hace una cita con el Cid para tal proposición. El Cid no da a sus hijas de su propia mano sino de la mano del rey Alfonso, quien encomienda a Minaya lo represente y las bodas se celebran en Valencia, presididas por el obispo don Jerónimo.

La afrenta de Corpes

     En este canto, los infantes de Carrión demuestran su miedo y cobardía ante un león, al que después el Cid somete fácilmente, ante la vergüenza de los infantes, quienes le guardan resentimientos por haberlos puesto en evidencia. El miedo de los infantes vuelve a confirmarse en una batalla a la que inicialmente se niegan a ir, aunque después, ante la ironía del Cid, se ven obligados a aceptar; tal batalla es contra el rey Búcar, donde el Cid gana la espada Tizona. Uno de los infantes persigue a un moro, éste se regresa y el infante corre cobardemente; Pedro Bermúdez mata al moro y le dice al infante don Fernando que tome el caballo del moro y diga que ha matado a su dueño. El Cid con este acto se siente satisfecho de sus yernos.

     Cuando se repartió el botín, los infantes se vieron tan ricos que decidieron volver a Carrión, no sin antes escarnecer a las hijas del Cid; para ello, piden a éste las deje marchar con ellos a Carrión para enseñarles sus heredades, el Cid acepta y éstos se van.

     Al llegar al robledo de Corpes, los infantes maltratan a sus mujeres, golpeándolas y dejándolas por muertas y semidesnudas. Félix Muñoz, quien las acompañaba, las recoge y las lleva de regreso a Valencia, donde el Cid las recibe muy ofendido y manda mensajeros al rey Alfonso para que cite a los infantes de Carrión en la Corte y se juzgue su cobarde acto. Al llegar a la Corte, los infantes son despojados de todos sus bienes por el Cid; además, sus caballeros los retan a duelo, los derrotan y humillan. Doña Elvira y doña Sol contraen nupcias nuevamente con los infantes de Navarra y Aragón, y pasan a ser señoras de Navarra y Aragón, de más alta alcurnia que Carrión, cobrándose así la afrenta que los infantes de Carrión hicieron al Cid al llamar a sus hijas poco dignas de la clase y linaje que ellos tenían. Con esto termina El cantar de Mio Cid.

 Fragmento de El cantar de Mio Cid

El campeador toma Alcocer mediante un ardid

     Ya los de Alcocer pagan parias a Mio Cid
haciendo lo mismo los de Ateca y Terrer,
pero esto no agrada a los de Calatayud.
Allí descansó Mio Cid quince semanas completas;
pero viendo el Campeador que Alcocer no se le rendía
pone enseguida en práctica un ardid de guerra:
manda levantar todas las tiendas menos una,
marcha Jalón abajo, llevando su enseña alzada
con las lorigas vestidas y ceñidas las espadas;
procede prudentemente para que caigan en la emboscada.
Viendo los de Alcocer que se iban, ¡Dios, cómo se alababan!
"Se le acabó al Cid el pan y la cebada,
"apenas puede llevar las tiendas, deja una abandonada.
"Se va Mio Cid a manera de derrotado;
"vayamos a asaltarle y obtendremos gran ganancia,
"antes de que lo apresen los de Terrer,
"(porque si ellos lo prenden, a nosotros nada nos darán);
"las parias que nos ha cobrado, las devolverá dobladas."
Salieron, pues, de Alcocer a gran prisa.
Mio Cid, viéndolos fuera, marcha como derrotado;
Jalón abajo se va, revuelto con todos los suyos.
Dicen los de Alcocer: "¡ya se nos va la ganancia!"
Grandes y chicos salen de sus casas
con el deseo de robar algo, lo demás no les importa,
dejan abiertas las puertas, nadie guarda su casa
y el bueno del Campeador volviendo la vista a Alcocer,
ve que entre ellos y el castillo había ya mucha distancia;
manda dar vuelta a su enseña y espolonea de prisa:
"¡heridlos, mis caballeros, sin temor alguno!;
"¡con la gracia de Dios la ganancia es ya nuestra!"
Revueltos andan luchando por medio de las llanuras.
¡Cuánto gozo, oh buen Dios, tienen esta mañana!
Mio Cid y Alvar Fáñez hacia adelante aguijaban;
entre los moros y el castillo se meten ellos.
Los vasallos del Cid dan golpes sin piedad.
En un corto trecho matan trescientos moros.
Dando grandes alaridos los que estaban ocultos
se ponen a la vanguardia y regresan al castillo
con sus espadas desnudas ante la puerta se paran,
pronto llegan los demás, se ha consumado la derrota.
Con este ardid ganó a Alcocer el Cid.

Análisis del fragmento:

     Argumento: El fragmento pertenece a la primera parte de "El destierro del Cid". El Cid sale de Burgos desterrado, se dirige hacia el territorio que está dominado por los moros y comienza a conquistarlo para beneficio y gloria del rey don Alfonso.

     La acción se desarrolla durante la conquista de la ciudad de Alcocer, donde el Cid utiliza un engaño para apoderarse de ella.

     La trampa consiste en hacer creer a los moros que se han terminado los víveres y el Cid, aparentemente derrotado, se retira.

    Los moros, atraídos por las riquezas que el Cid ha conseguido en otros poblados, lo persiguen. Cuando se han alejado de su fortaleza, el Cid da la vuelta y contraataca; de esta manera logra tomar Alcocer.

Comentarios al texto

     Como cantar de gesta, el poema es un relato en el cual se describen lugares, personajes, ambientes, etc. Por ejemplo:

• La emboscada a los moros.

• La imprudencia de los moros que, entusiasmados por la aparente victoria, tratan de despojarlo de las parias.

• La exaltación de los vasallos del Cid Campeador al ver que los moros caen en la trampa.

• La majestuosidad de los caballos ante la debilidad del enemigo.

• La ferocidad bélica de los hombres del Cid al matar a trescientos moros.

• La valentía del Cid, quien sobresale encabezando la lucha.

     Todas estas descripciones exaltan un sentimiento: la identidad, el ser castellano.

     Algunas partes del poema del Cid Campeador denotan que fue hecho para recitarse. Por ejemplo:

     Cuando los moros se alegran de que el Cid Campeador emprenda la huida.

     "Dios, y cómo se alegraban…"

     En el momento en que Rodrigo llama a los suyos para iniciar ataque:

     "Al ataque, caballeros, sin temor y sin tardanza…"

     Esto es así porque muchas veces los juglares, al recitar los cantares de gesta, hacían una especie de función de teatro, con la cual buscaban captar la atención de los espectadores.

     El autor anónimo del cantar también participa en el relato. Exalta la figura del Cid, mientras que resta méritos a los moros.

 

 

 

 

 

 

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