A partir de la novela El Periquillo Sarniento se observó la unión entre el romanticismo y el realismo en México. Con esta unión de corrientes, se mezclaron los temas románticos con las descripciones realistas y dieron como resultado el costumbrismo. Es decir, la descripción de la sociedad, sus usos, tradicionales y costumbres: sus formas de vida.

 

 LOS BANDIDOS DE RÍO FRÍO DE MANUEL PAYNO

La novela que mejor expresa lo antes dicho es Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno, que nos brinda el más amplio estudio costumbrista de la sociedad de México durante la primera mitad del siglo XIX.

     Por la forma como está escrita y el lenguaje que utiliza, lleno de modismos y giros, fue considerada fuente principal para que Joaquín García Icazbalceta, en 1899, escribiera su Vocabulario de mexicanismos.

     Antonio Castro Leal, en el prólogo elaborado para la novela de Manuel Payno: dice:

     "En Los bandidos de Río Frío, después de una larga descripción, Payno combina y agrupa alrededor del asunto principal una colección de personajes que había conocido y una serie de incidentes y sucesos de que había tenido noticia o en los que había intervenido personalmente. Es tan rico y variado el cuadro que bien puede decirse que la novela es la pintura de toda una época. Quien haya leído la curiosa y penetrante Vida en México de la señora Calderón de la Barca, todavía tendrá que leer Los bandidos de Río Frío para completar el cuadro pintoresco de la vida y las costumbres mexicanas de mediados del siglo XIX, tan finamente trazado por la escritora escocesa…"

     Después finaliza con las siguientes palabras:

     "Los bandidos de Río Frío son, en realidad, las memorias de Manuel Payno en forma de una novela —como él quería— de costumbres, de crímenes y de horrores."

     Los bandidos de Río Frío es una narración ágil y amena, en algunas ocasiones muy descriptiva tanto de los lugares como de las personas (realismo). También presenta las costumbres y tradiciones de su época y de su gente (costumbrismo) con ciertos tintes románticos de los cuales es difícil que se desprenda un autor tan próximo a estas corrientes (realismo, romanticismo y costumbrismo).

     Descripción realista:

     "Doña Pascuala no era fea ni bonita. Morena de ojos y pelos negros, pies y manos chicos, como la mayor parte de los criollos. Era, pues una criolla con cierta educación que le había dado el cura, y por carácter, satírica y extremadamente mal pensada.

     Don Espiridión, gordo, de estatura mediana, de pelo negro, grueso y lacio, color más subido de moreno, sin barba en los carrillos y un bigote cardoso y pardo sombreando un labio grueso y amoratado como un morcón; en una palabra: un indio parecido poco más o menos a sus congéneres…". (Fragmento del primer capítulo de Los bandidos de Río Frío.)

     Presentación de costumbres y tradiciones de la gente (costumbrismo):

     "La base de su alimentación era el maíz en sus diversas preparaciones, de atole, tortillas, chalupitas, tamales, etc. A esto se añadía el chile, el tomate…"

     "… Su vida era por demás sosegada y monótona. Se levantaba con la luz. El marido montaba a caballo y se iba a las labores, al cerro o al pueblo y no pocas veces a México. Volvía a la hora de comer, se sentaba después en la banqueta de chiluca de la puerta a fumar apestosos puritos de a 20, del estanco, y cuando el sol declinaba daba su vuelta por el corral para su ganado…". (Fragmento del primer capítulo de Los bandidos de Río Frío.)

     A esta combinación de formas narrativas, se debe que algunos autores, estudiosos de la obra de Payno, digan que su narración es irregular y hasta enredosa como lo afirma Sergio Howland Bustamante en su obra Historia de la literatura mexicana: "No fue el estilo de don Manuel Payno pulido y correcto: peca a veces de irregular, pero narra con soltura, sabe describir y sobre todo, divierte e interesa, aunque a veces se pierde el lector en la maraña de aventuras y sucesos que acumula y en la gran variedad de tipos, que sorprenden su vida y naturalidad…"

     A continuación se transcriben algunos fragmentos de esta novela que muestran su importancia en las letras mexicanas.

Los bandidos de Río Frío

Capítulo XLVII

Los enmascarados

Resuelto ya Evaristo a adoptar un género extraño de vida, no perdió el tiempo en su excursión, que prolongó hasta Tulancingo y Chalma. Examinó los caminos, los ranchos, los pueblos, las haciendas, las veredas, vericuetos y cuantas cosas en un día y en otro podrían serle útiles; indagó sagazmente quiénes eran los personajes principales de los pueblos; en qué época acostumbraban los propietarios visitar sus fincas; si caminaban solos o con mozos de escolta; cuáles eran los mesones más solos o los más concurridos; qué comunicación tenían las montañas y los bosques unos con otros, o si sólo había veredas de ganado. Satisfecho de sus averiguaciones regresó cautelosamente a su rancho de los Coyotes, y cerciorado por Hilario de que no había ocurrido ninguna novedad y de que no se había presentado alma viviente, se instaló de nuevo y pasó días y días cavilando en sus planes y en la manera de desarrollarlos, sin perder la esperanza de arrebatar a Cecilia y llevarla al corazón de la montaña, para lo que comenzó él mismo a construir un jacal en el lugar más oculto e intrincado de la sierra, que, en caso apurado, le pudiese servir de refugio. Concluido este trabajo, se dedicó a poner en planta sus planes. Comenzó por establecer en los linderos del monte de Río Frío un corte de carbón, y como ya no había necesidad de labores en el campo, dedicó toda la cuadrilla a este trabajo que le fue muy productivo, pues en pocas semanas reunió una existencia considerable de pacas que se proponía vender en el tiempo de las aguas, en que sube considerablemente el precio; pero no era más que el pretexto y no el negocio principal.

     Ya había tanteado a Hilario. Lo había encontrado sagaz, ladino, ambicioso, atrevido, en una palabra: ladrón, con todas las cualidades necesarias para serlo; y en efecto, ese Hilario había hecho sus expediciones, por aquí y por allá, sirviéndose de la cuadrilla ambulante que mandaba, compuesta por individuos perfectamente estúpidos, reservados y enteramente sujetos a su voluntad. […]

     Cuando comenzaba a salir el sol por los bordes de las montañas ya Evaristo estaba en el monte y a por lo seguía Hilario regularmente montado y armado. Caminaba a cierta distancia y habían convenido en ciertos chiflidos, que indicaban peligro, ayuda, fuga, galope, silencio, alarma, etc. Era un telégrafo perfectamente organizado. Cuando convenía que se alejara el uno de otro, el chiflido era doble; cuando necesitaban obrar juntos, tres chiflidos seguidos los ponían en contacto con un galope. La apariencia, por los arreos y bolsas que colgaban en las sillas del caballo, era de viajeros pacíficos que vienen de tierra adentro a buscar efectos y ganados a la costa; las armas las llevaban ocultas, y una espada con una vieja cubierta de cuero apenas asomaba por entre los ijares del caballo. Tenían dos máscaras negras en la bolsa para ponérselas cuando conviniera, pero siempre salían disfrazados; unas veces con grandes bigotes y sin patillas; otras, con patillas espesas y sin bigote; tenían también varios sombreros, chaquetas y calzoneras, y todos los días cambiaban de traje y de fisonomía, pintándose las cejas, llenándose de lunares la cara, envolviéndose la cara con un pañuelo encarnado o poniéndoselo en el pescuezo como si estuvieran enfermos de las muelas o de la garganta. A los indios con sus burros cargados de frutas o de cualquier otra cosa, los dejaban pasar, correspondiendo a su saludo; con los arrieros y carreteros que conducían carga del comercio para México, lejos de hostilizarlos trataban conversación, y veces había que almorzaban en el jato. Habían convenido en no maltratar, herir ni matar a nadie, a no ser en caso de propia defensa. Cuando encontraban uno o más pasajeros bien montados y armados, los saludaban quitándose el sombrero, y ponían sus caballos al tranco ladeándose sobre el estribo derecho y como fingiéndose muy cansados; pero al desgraciado que iba sin armas y que fácilmente le conocían el miedo en la cara, y cuyo caballo era regular, le marcaban el alto, se lo llevaban a las motas del monte que ellos conocían, le vendaban los ojos, lo hacían caminar en todas direcciones para que perdiera el rumbo, le pelaban el caballo y cuanto tenía de algún valor, y lo dejaban amarrado a un árbol, de manera que, aunque con algún trabajo, se pudiera desatar. Siempre cuidaban que estos lances fueran en la dirección opuesta a las veredas que conducían a las barrancas; y por las palabras que de intento cambiaban, daban lugar a que el robado creyera que eran de Tenango del Aire o de otros pueblecillos rabones que tenían muy mala fama. […]

     Evaristo e Hilario organizaron en menos de una semana dos quemas de carbón en un lugar que se llamaba Agua Venerable, a poca distancia del camino real y más arriba de la Venta de Río Frío, porque dizque pasando un día el señor Palafox, obispo de Puebla, tenía mucho calor y moría de sed y no habiendo por ahí caseríos ni venta, le ocurrió entrar un poco en el monte, donde se encontró un venado muy manso que lo fue guiando, y a poco andar descubrió una fuente cristalina donde el obispo y el venado bebieron. La comitiva que lo acompañaba, al saciar también su sed, exclamó: Es un milagro; y desde entonces en Puebla le llamaban al obispo el venerable y milagroso señor Palafox.

     Había, en efecto, por allí un manantial que se derramaba y humedecía la yerba; y el sitio era tan sombrío y enmarañado, con una exuberante vegetación de montaña fría, que podían ocultarse en las orillas de la calzada ocho como diez hombres sin ser vistos del pasajero sino en el momento de ser asaltado.

     A la distancia, de doscientos como trescientas varas escogieron otro lugar que se llamaba Palos Grandes, porque allí formaban una especie de plazoleta unos diez o doce ocotes altísimos, que por una especie de preocupación nunca habían querido cortar los leñadores, y quizá también porque les proporcionaba un lugar abrigado para guarecerse, almorzar y dormir. Era paraje de arrieros, y se veían constantemente cenizas calientes y rastros de mulas y trastes del jato. Detrás de cada uno de los gruesos palos se podía colocar un hombre armado con un fusil, sin ser visto, y salir a un chiflido como a una señal y atacar un coche como una recua de burros. Ambos lugares estaban poco distantes de las barrancas de que había hablado Hilario, difíciles de encontrar a no estar muy familiarizado con esas localidades.

     Cerca de esas barrancas habían establecido Evaristo e Hilario dos fábricas, distantes un cuarto de legua una de otra, y abarcaban, en línea paralela a la calzada, los dos sitios peligrosos, Agua Venerable y Palos Grandes.

     Debajo de un cobertizo existían siempre algunos cientos de cargas de carbón, prontas a ser transportadas a la ciudad en burros como en las espaldas de los indios, que venían cada semana a comprar. De día se veían desde gran distancia elevarse entre los árboles unas columnas de humo y en las noches se podían distinguir, aun desde muy lejos, varias hogueras que despedían chispas, como si fuesen los pequeños cráteres del volcán cercano. Acercándose y visitando esos lugares, no se encontraban más que indios pacíficos dedicados al trabajo, mandados por dos capataces con sus anchos sombreros de palma y sus cotonas viejas de cuero. La calma y la seguridad dominaban en aquella soledad del bosque, los viajeros, cuando divisaban las humaredas, decían: "son los indios que están haciendo carbón", y se consideraban más seguros; y los arrieros que hacían sus jornadas a Palos Grandes, iban a pedir agua fresca a los carboneros y les ofrecían, en cambio, algunas gordas de maíz.

     Sistemado de tal manera el aparato, decidieron Evaristo e Hilario comenzar sus hazañas; Evaristo montó el alazán, y su segundo un mojino, que había cambiado en Texcoco a un chalán. Uno y otro estaban bien vestidos de rancheros, con calzoneras con botonaduras de plata y sombreros blancos de Puebla, con sus toquillas y galones. Una media máscara cubría su fisonomía, y por entre ella descordaban en desorden pelos espesos y negros que formaban patillas y bigotes. Una espada desnuda debajo de la pierna izquierda y con qué par de pistolas en la cintura.

     Ocultos detrás de los palos, a cien varas de distancia uno del otro para auxiliarse, acechaban al viajero y esperaban la ocasión.

     Eran las once de la mañana, y no habían pasado, ya de subida, ya de bajada a Veracruz, más que indios e indias miserables, a los que no atacaron porque consideraban que tendrían unas cuantas monedas de cobre, y por tan poca cosa no querían que hubiera escándalo en los pueblos cercanos.

     Divisaron en seguida tres rancheros con una mula tirada de la jáquima por un arriero, y desde luego reconocieron que llevaba dinero. Era una buena presa; un chiflido telegráfico indicó que los dos juntos debían emprender el ataque; pero apenas los rancheros oyeron el chiflido cuando sacaron las espadas, se levantaron la lorenzana, y gritando:

     —Hijos de… Aquí estamos, grandísimos… vénganse —y, metiendo las espuelas a sus caballos, avanzaron a saltos hacia el lugar donde habían escuchado la terrible señal.

     Evaristo e Hilario emprendieron la fuga, y con trabajo llegaron a las barrancas y se deslizaron hasta el fondo, desapareciendo de la vista de sus perseguidores. […]

 

 ANÁLISIS DE UN CAPÍTULO DE LOS BANDIDOS DE RÍO FRÍO

La obra de Payno es, como dice Antonio Castro Leal, "la pintura de toda una época". Por ser una novela de folletín por entregas, el argumento es enredado y las historias se mezclan, pero podemos destacar dos de ellas:

     Una pareja de gente acomodada, Mariana, hija de un conde, y Juan Robreño, militar, tienen un hijo sin estar casados. El niño se pierde y llega a manos de una anciana que lo cría.

     Este niño entra como aprendiz de Evaristo Lecuona, quien después forma una banda de asaltantes con indios que trabajan en el Monte del Río Frío, de ahí el nombre de la novela. Evaristo se une a un tal Relumbrón, un coronel así apodado por usar joyas y prendas de vestir lujosas. Relumbrón tenía una buena posición económica y buenas relaciones con la clase pudiente, pero, adicto al juego, pierde su fortuna en una apuesta y, entonces, se une a Evaristo, jefe de los bandidos de Río Frío, para no enfrentar a su esposa.

     Argumento. El fragmento narra cómo Evaristo inicia al grupo de ladrones, ayudado de Hilario, su compañero, y los intentos frustrados de asalto.

     Estilo. Payno, como buen conversador, establece una charla al escribir. La obra no posee un estilo elegante y rebuscado, pero sí ameno.

     El fragmento, como toda la novela, está escrito en tercera persona.

     En la novela, Payno utiliza mexicanismos y un lenguaje coloquial, que hace accesible la obra a cualquier lector.

     Es totalmente descriptivo, menciona las características del lugar, sus nombres, los objetos, las apariencias, caracteres, etc., sin omitir detalle.

     Un ejemplo de su estilo coloquial está en los diálogos de sus personajes.

     Los bandidos de Río Frío es una novela de folletín, por entregas. Este género es típico del siglo XIX. En esta época publicaban los capítulos de cada novela periódicamente, al estilo de las radionovelas y telenovelas actuales.

     Cada capítulo estaba escrito de tal forma que el lector no perdía el interés y quedaba en suspenso. Esto se observa claramente al final de cada capítulo, cuando el escritor se despide y deja al lector intrigado por saber cómo será la siguiente aventura de los ladrones.

     Contenido. Payno incorpora a su novela distintos elementos: sentido del humor, gustos y costumbres de la gente, y acontecimientos como crímenes y horrores. En el fragmento anterior se denotan algunos de estos aspectos populares que resultaban de gran interés para los lectores.

     Realismo. En la obra se presentan unidas las corrientes costumbrista y realista. La narración se apega a la realidad (realismo), y se mezcla con los personajes y lugares que describe (costumbrismo).

     En el fragmento esta fusión está ejemplificada con el desarrollo de los diálogos que son importantes para describir y plantear una realidad. El lector se entera de todo, por medio de las conversaciones y pláticas de los personajes.

     Crítica social. El fragmento plantea la condición de Evaristo, hombre capaz de cometer crímenes y someter a quienes sirvan para sus fines, pero a su vez se somete también cuando alguien con una condición social más elevada se impone.

     Cuadro de costumbres. El texto describe la formación de un ladrón, así como la vida en el campo, la producción de la hacienda, los paisajes. Todo ello conforma un complejo cuadro de costumbres, un retrato de la época.

 

 

 

 

 

 

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