PRECURSORES DEL MODERNISMO EN MÉXICO:
MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA Y SALVADOR DÍAZ MIRÓN

Manuel Gutiérrez Nájera (mexicano, 1859-1894). Precursor del modernismo en México. Descendía de una familia de clase media; sin embargo, nunca asistió a ninguna escuela pública ni privada, fue autodidacta, aunque tuvo maestros de francés y de latín. Desde muy joven se inició en las letras escribiendo artículos para los periódicos de la época como: El Federalista, El Nacional, La República Literaria, La Revista Nacional de Letras y Ciencias, El Mundo Ilustrado y La Revista Azul, que fundó con Carlos Díaz Dufoo en 1984, que constituyó la primera manifestación del modernismo mexicano. Allí se publicaron obras de poetas europeos y poetas hispanoamericanos. Gutiérrez Nájera utilizó varios seudónimos, entre ellos: El Duque Job, Can-can, Puck, Rafel, etcétera. Entre sus obras narrativas destacan: Cuentos frágiles. Dejó muchas narraciones sin publicar, que póstumamente fueron reunidas y publicadas como: Cuentos completos. Entre sus poesías más conocidas están: La duquesa Job, Non Omnis Moriar, Para un menú, Para entonces, entre otras.

Otros poetas del modernismo son: Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón, José Martí, Luis G. Urbina, Amado Nervo, José Juan Tablada, Efrén Rebolledo, Ramón López Velarde y Enrique González Martínez, considerado como el último de los poetas modernistas.

A continuación se presentan algunos de los poemas más representativos dentro de la corriente modernista.

Deseo
Manuel Gutiérrez Nájera

¿No ves cual prende la flexible yedra
entre las grietas del altar sombrío?
Puesto como enlaza a la marmórea piedra
quiero enlazar tu corazón bien mío.

¿Ves cual penetra el rayo de la luna
las quietas ondas sin turbar la calma?
Pues tal como se interna en la laguna
quiero bajar al fondo de tu alma.

Quiero en tu corazón, sencillo y tierno,
acurrucar mis sueños entumidos
como al llegar la noche del invierno
se acurrucan las aves en sus nidos.

Espinelas
Salvador Díaz Mirón

Que como el perro que lame
la mano de su señor,
el miedo ablande el rigor
con el llanto que derrame;
que la ignorancia reclame
al cielo el bien que le falta.

Yo, con la frente muy alta,
cual retando al rayo a herirme
soportaré sin rendirme
la tempestad que me asalta.

No esperes en tu piedad
que no inflexible se tuerza:
yo seré esclavo por fuerza
pero no por voluntad.

Mi indomable vanidad
no se aviene a ruin papel.
¿Humillarme? Ni ante aquel
que enciende y apaga el día.

Si yo fuera ángel, sería
el soberbio ángel Luzbel.
El hombre de corazón
nunca cede a la malicia.

¡No hay más Dios que la justicia
ni más ley que la razón!
¿Sujetarme a la presión
del levita o el escriba?

¿Doblegar la frente altiva
ante torpes soberanos?
Yo no acepto a los tiranos
ni aquí abajo ni allá arriba.

POEMAS DE RUBÉN DARÍO Y RAMÓN LÓPEZ VELARDE

Rubén Darío (nicaragüense, 1867-1916). El padre del modernismo, el poeta de las piedras preciosas, cuyo verdadero nombre era Félix Rubén García Sarmiento. Se dice que cambió de nombre para seguir la tradición de su familia a quienes denominaban "los Darío", honró un antepasado suyo de nombre Darío, por lo que el poeta, además de la admiración que sentía por el famoso rey persa, adoptó este nombre como apellido y se convirtió así en Rubén Darío. Debido a un revés amoroso, el famoso poeta emigró a Chile, donde publicó su primer libro titulado Azul en 1888, iniciando con ello la corriente del modernismo. Después viajó por Europa y en España conoció a las grandes figuras de la literatura. Se casó con la escritora salvadoreña Rafaela Contreras en 1890; al morir su esposa, el poeta sufrió un golpe terrible del cual nunca se repuso del todo; a su memoria escribió el poema El poeta pregunta por Stella. Fue nombrado cónsul de Colombia en Buenos Aires, en donde impulsó el naciente modernismo argentino. Volvió a España, donde publicó su segunda obra importante Prosas profanas (1896). Desde entonces viajó por Inglaterra, África, Italia, Bélgica, Alemania, Austria-Hungría, donde vivió años de gloria y de bohemia. En 1905, a los 38 años, publicó Cantos de vida y esperanza. Abandonado por sus patrocinadores en Nueva York y gravemente enfermo de pulmonía llega a León, Nicaragua, para morir el 5 de febrero de 1916 a los 46 años.

Ramón López Velarde (1888-1921), nació en Jerez, Zacatecas, México. Estudió en el seminario de la capital de su estado, vivió siempre a la sombra de sus musas, como su inolvidable Josefa de los Ríos (Fuensanta), la figura delicada, frágil y "con prestigio de almidón"; Águeda, su prima y Genoveva, la del piano, la temática fúnebre de su poesía posmodernista.

En medio de las luchas revolucionarias, Velarde escribió sus primeros poemas. En 1911 se recibió como abogado. En 1916 publicó su primer libro La sangre devota, cuyos poemas reflejaban influencias de Lugones y Herrera. En 1917, con Enrique González Martínez, dirigió la revista Pegaso. Fue profesor de literatura en la Escuela Nacional Preparatoria; escribió en periódicos y revistas, como: Revista de Revistas, Vida Moderna, El Universal Ilustrado, México Moderno y otras. Por último, fue colaborador de la revista El Maestro, de José Vasconcelos.

Ramón López Velarde impulsó la modernización de la poesía mexicana por medio de su poesía sincera y audaz. Fue dueño de un estilo original en el que su materia prima es el sentimiento puro.

Después de la muerte de Fuensanta, se enamoró de Margarita Quijano con quien protagonizó "el enigma del amor más intenso y más indescifrable de toda la poesía mexicana". Su obra poética se encuentra contenida en los libros: Primeras poesías (1905-1912), La sangre devota (1916), Zozobra (1919). El son del corazón (1932). Ramón López Velarde murió en la madrugada del 19 de junio de 1921, y en ese mismo año apareció su poema más conocido Suave Patria.

La frustración, el erotismo, la muerte y el conflicto que causó en él la pasión por las mujeres y su educación religiosa, se combinaron y dieron como resultado una poesía llena de metáforas e imágenes audaces, en la cual predominan las palabras cultas y rebuscadas.

Como buen modernista, llenó su poesía de color; Veamos este ejemplo tomado del poema Mi prima Águeda:

Águeda era
(luto, pupilas verdes y mejillas
rubicundas) un cesto policromo
de manzanas y uvas
en el ébano de un armadillo añoso…

El adjetivo era un adorno fundamental en la poesía de López Velarde, se dice que cuando escribía, dejaba espacios después de los sustantivos hasta que encontraba el adjetivo exacto que expresara el sentimiento que le atribuía sustantivo.

Hermana, hazme llorar…
Ramón López Velarde

Fuensanta:
dame todas las lágrimas del mar.
Mis ojos están secos y yo sufro
unas inmensas ganas de llorar.

Yo no sé si estoy triste por el alma
de mis fieles difuntos
o porque nuestros mustios corazones
nunca estarán sobre la tierra juntos.

Hazme llorar hermana,
y la piedad cristiana
de tu mano inconsútil
enjúgueme los llantos con que llore
el tiempo amargo de mi vida inútil.

Fuensanta:
¿tú conoces el mar?
Dicen que es menos grande y menos hondo
que el pesar.

Yo no sé ni por qué quiero llorar:
será tal vez por el pesar que escondo,
tal vez por mi infinita sed de amar.

Hermana:
dame todas las lágrimas del mar…

Sonatina
Rubén Darío

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro;
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
La princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos de dulzura de luz,
o en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay! la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al Sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbros de Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera Hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.).
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quien volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste.).
Más brillante, que el alba, más hermoso que abril!

—Calla, calla, princesa —dice el hada madrina;
en caballo con alas hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor.

Mi prima Águeda
Ramón López Velarde

Mi Madrina invitaba a mi prima Águeda
a que pasara el día con nosotros,
y mi prima llegaba
con un contradictorio
prestigio de almidón y de temible
luto ceremonioso.

Águeda aparecía, resonante
de almidón, y sus ojos
verdes y sus mejillas rubicundas
me protegían contra el pavoroso
luto…

Yo era rapaz
y conocía la o por lo redondo,
y Águeda que tejía
mansa y perseverante en el sonoro
corredor, me acusaba
calosfrío ingnotos…
(Creo que hasta le debo la costumbre
heroicamente insana de hablar solo.).

A la hora de comer, en la penumbra
quieta del refectorio,
me iba embelesando un quebradizo
sonar intermitente de vajilla
y el timbre caricioso
de la voz de mi prima
Águeda era
(luto, pupilas verdes y mejillas
rubicundas) un cesto policromo
de manzanas y uvas
en el ébano de un armario añoso.

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