Entre los factores que influyeron en el éxito de las expediciones españolas estaban el espíritu aventurero de los navegantes, su ambición de gloria y riqueza, y el anhelo por encontrar esas visiones fantásticas descritas en los libros de viajes, como en el de Marco Polo.

Colón fue un navegante genovés, discípulo de los marinos portugueses, que tenía un proyecto: formar una expedición y llegar al oriente navegando por el occidente para encontrar Japón, China, la India y el archipiélago de las Molucas (Indonesia), es decir, las islas de la especiería. Cristóbal Colón, desde niño, tuvo gran curiosidad por las cosas del mar; deseaba investigar qué había más allá del océano Atlántico, quería comprobar si todas las fantasías que se contaban eran realidad.

Así mantuvo esta curiosidad toda la vida, hasta que por la necesidad de los europeos de sazonar la comida con especias y por la demanda que existía de artículos de lujo, originarios de oriente, decidió realizar un proyecto y buscó, entre hombres ricos y reyes, quien pudiera patrocinarlo.

En la época de Colón, las nociones y las creencias iban aparejadas con la fantasía.

Algunos conocimientos que hoy parecen muy simples y evidentes, en esa época muy poca gente los creía, como el de la esfericidad de la Tierra que Colón sostenía porque era base indispensable para hacer lo que se proponía. Las creencias de Colón estaban fundamentadas en los conocimientos de otros sabios como el florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli, con quien mantenía una activa correspondencia. No obstante, Colón pensaba que existían islas entre las Azores y el continente asiático, ignorando que entre ambos se encontraba un nuevo continente. Creía, como Toscanelli y muchos otros, que la Tierra era una cuarta parte más pequeña de los que en realidad es.

Toscanelli conocía el proyecto de Colón y por eso lo aconsejó sobre la organización general de la expedición, la ruta que debería tomar, la distancia que habría de recorrer, las escalas posibles, los puntos de desembarco y, además, le prestó algunos mapas que le fueron de gran utilidad.

Siempre que se presentaba la ocasión, Colón platicaba con los marineros que regresaban de largos viajes, para tener más noticias a favor de su proyecto. Entre lo que le contaban figuraba en primer término el haber visto restos extraños de plantas, árboles, maderas trabajadas y hasta cadáveres de hombres que iban a quedar entre la arena y las rocas de las costas de las Azores, las islas descubiertas por los portugueses al occidente de las costas de su país.

Para realizar un proyecto es necesario tener muchos conocimientos sobre el mismo, aprovechar las experiencias de otros hombres que hayan intentado algo similar, y reunir bastimentos, objetos e instrumentos que puedan servir en la realización, como hizo Colón.

El navegante genovés presentó su proyecto a Alfonso V, rey de Portugal, así como a su sucesor, Juan II. Este último pareció interesado y nombró una comisión; pero mientras ésta deliberaba, envió sin decir a nadie un buque hacia el oeste, el cual regresó días después trayendo una respuesta negativa: era imposible que existieran tierras hacia el oeste.

Colón, disgustado con el proceder del rey, abandonó Portugal. Se dirigió, entonces, al convento franciscano de Santa María de la Rábida, a media legua de Palos de Moguer (provincia de Huelva, en España), donde solicitó alojamiento y le fue concedido por el fraile Juan Pérez, quien lo presentó con fray Antonio de Marchena, ambos conocedores de astronomía y cosmografía.

Después, Colón se marchó a Córdoba y conoció a Pedro González de Mendoza, cardenal de España, quien lo llevó ante los Reyes Católicos.

Los reyes escucharon al almirante, se interesaron en su proyecto y nombraron una comisión que lo estudiara. Este estudio tardó cinco años y, al final, se emitió un dictamen desfavorable al navegante genovés.

Pese a lo anterior, los Reyes Católicos aceptaron financiar el viaje de Colón y firmaron, el 17 de abril de 1492, el documento conocido como las Capitulaciones de Santa Fe, que otorgaba a Colón el título de almirante de la Mar Océano, es decir, el Atlántico, y el derecho de gobernar los territorios que descubriese en su recorrido para llegar a las Indias, nombre con que se conocían los países del lejano Oriente, China e India, principalmente.

Colón, entonces, comenzó los preparativos para su viaje y se dirigió al puerto de Palos de Moguer, que suministró los navíos y la tripulación.

Colón decidió emplear la carabela como el navío más apropiado, cuadrantes, relojes de arena, sondas y mapas, además de alimentos para una travesía que no sabía cuánto había de durar.

Al fin, el 3 de agosto de 1492 salieron del puerto de Palos de Moguer tres carabelas: la Santa María, capitaneada por Colón, la Pinta y la Niña, al mando de los hermanos Martín Alonso y Vicente Yáñez Pinzón, respectivamente.

Colón les había dicho a sus capitanes que las leyendas y mitos sobre la Mar Océano eran sólo fantasía, a pesar de esto, los marinos seguían atemorizados, especialmente durante la noche, porque pensaban que podían caer en un abismo sin fin.

Para calmar la desesperación de su tripulación, Colón daba datos falsos acerca de la distancia recorrida por sus barcos.

Pasaron semanas y semanas, y, por fin, a la medianoche del 11 de octubre de 1492 un marinero llamado Rodrigo de Triana, que iba en la gavia (mirador colocado en el asta de la vela mayor) de la Pinta, gritó: "¡Tierra! ¡tierra!" Efectivamente, las carabelas de Colón estaban frente a Guanahaní, una de las islas Lucayas, a la que el navegante genovés dio el nombre de San Salvador.

Cuando fue de día, se echaron al agua las lanchas y Colón y los demás hombres se dirigieron a tierra. Desembarcaron. El almirante sacó la bandera real y dos capitanes, banderas de cruz verde con las insignias de los reyes Fernando e Isabel.

Colón se arrodilló, besó la tierra y tomó posesión de ella en nombre de España. En torno a los españoles se reunió una multitud de jóvenes indígenas que presenciaron la escena con curiosidad, temor y asombro.

El encuentro del Viejo con el Nuevo Mundo significó destrucción, muerte y explotación para los indígenas. Pero también cambió la visión de la realidad y dio lugar a una nueva etapa en la historia americana.

Aparte de Guanahaní, Colón llegó a otras dos islas que bautizó con los nombres de los Reyes Católicos: a una la llamó Fernandina y a otra Isabela. También llegó a Cuba (27 de octubre de 1492), a la que nombró Juana en honor a la hija de los reyes españoles. Después llegó a Haití, que bautizó como La Española. Aquí, creyendo haber llegado al Asia, Colón envió una delegación a buscar a Kublai Kan, emperador de China. Por supuesto, el soberano no fue hallado; pero los enviados sí aprendieron la costumbre indígena de fumar tabaco, que en Europa tuvo enorme éxito.

Colón regresó a España y, en abril de 1493, fue recibido por los Reyes Católicos, que lo colmaron de honores y agasajos.

Dos mundos que durante siglos se habían ignorado se encontraron para cambiar el rumbo de la historia.

Después del éxito obtenido, no hubo dificultades para armar una segunda expedición. A los cinco meses de su regreso, Colón salió del puerto de Cádiz con 17 barcos y 1200 hombres. Esta vez descubrió las islas la Deseada, la Dominica, la Guadalupe, Monserrat, Once Mil Vírgenes, Jamaica y Puerto Rico. En La Española, Bartolomé Colón, hermano del navegante, fundó la Nueva Isabela, primera ciudad en el Nuevo Mundo.

Para su tercer viaje, Colón organizó una expedición con seis carabelas y 600 hombres. Descubrió las islas de Trinidad, Tobago y Granada, y pisó por primera vez tierra firme al llegar a las costas de Venezuela el 5 de agosto de 1498. Luego descubrió las islas Margarita y La Blanca y después se retiró a La Española, donde permaneció dos años.

Cristóbal Colón comprendió, en su cuarto y último viaje, que los anteriores no lo habían llevado a Asia y que los portugueses ya le habían ganado la carrera al llegar al país de la India; buscó entonces, con insistencia, el estrecho que debía dejarlo pasar al oriente. Creyó hallarlo, al menos en forma de istmo, en Panamá, pero no pudo adentrarse en él.

Colón regresó a España sin saber que había descubierto un nuevo continente. Vivió algún tiempo en Sevilla y, olvidado casi de todos, murió el 20 de mayo de 1506.

Después del descubrimiento de América se abrieron nuevos caminos para la navegación y el comercio. Se viajó por nuevos mares para llegar a tierras e islas lejanas y obtener productos exóticos de gran demanda en Europa. Animales y plantas fueron llevados a distintos países de Europa, donde fueron adoptados y cambiaron los hábitos alimenticios. Tuvieron gran aceptación la papa, el maíz, la piña, el chocolate y el tabaco, entre otros.

Al mismo tiempo, los pobladores de América recibieron de los europeos distintas contribuciones y beneficios: nuevas técnicas para cultivar la tierra —con el empleo de animales y el arado—, así como el uso práctico de la rueda. Además aprendieron de los europeos costumbres distintas, nuevas creencias religiosas e idiomas (español, portugués, inglés y francés) que desplazaron a los originarios.

El saber de la humanidad se enriqueció con un acopio de datos que permitieron una idea distinta del mundo. Se derrumbaron muchas leyendas fantásticas.

El conocimiento de los océanos permitió a los europeos extender su civilización por todo el mundo. Los sabios de Europa (médicos, físicos y biólogos, principalmente), reconocieron muchas plantas con propiedades medicinales y productos destinados a la industria como la textil, donde se utilizaron tintes de origen vegetal y animal originarios de América.

América resultó para los europeos un continente de riqueza. Las minas y los bosques fueron muy bien aprovechados. Los metales preciosos de América (oro y plata) activaron la economía de Europa.

Se pudieron hacer monedas que permitieron a los hombres del Viejo Mundo formar grandes capitales que aumentaron el desarrollo y progreso industrial.

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