La gallina blanca de patitas amarillas había salido a dar una vuelta. Se acercó a la casa en que vivía el abuelo cerdo y se sorprendió al ver las cortinas bajadas y la puerta cerrada. Todo estaba muy tranquilo.

     —Vamos, vamos —dijo la gallina blanca, y siguió andando hasta que llegó a la puerta. No se veía nadie.

     —Abuelo cerdo, ¿está usted ahí? —preguntó ella.

     Una voz desapacible y áspera  contestó:

     —Si gallina blanca, aquí adentro estoy y no sé cuánto tiempo tendré que estar aquí porque he perdido mis anteojos.

     —¿Ha perdido sus anteojos? ¿Dónde? —preguntó la gallina blanca.

     —No podría decirlo; los llevaba puestos cuando salí a dar mi paseo por la mañana, pero al volver me quité la gorra verde para ver el agujero de la llave y ya no los tenía. Ahora no puedo salir de mi casa.

     —Cuánto siento lo que ha pasado, abuelo cerdo, pero usted podría salir y echarse mientras yo los busco.

     —¿Salir yo?, ¿sin mis anteojos?, ¿cómo podría ser eso? De ninguna manera, y no volveré a salir hasta que ellos aparezcan —respondió el abuelo cerdo dando un gruñido para demostrar que no estaba de buen humor.

     —Pues voy a buscarlos —dijo la gallina blanca.

     Y, anda que te anda, con tus patitas amarillas fue de un lado a otro. En tanto, el abuelo cerdo esperaba en su casa con las cortinas bajadas y la puerta cerrada.

     …Y la gallina blanca buscaba y buscaba… y nada encontraba; cuando regresó a decírselo al abuelo cerdo, él le dijo:

     —Si mis anteojos no aparecen, haga el favor de decirlo a mis nietos, ellos lo buscarán con gusto.

     La gallina blanca de las patas amarillas, anda que te anda, se fue a la casa de la señora cerdita y sus cerditos.

     —El abuelo cerdo ha perdido sus anteojos —les dijo— y no podrá salir de su casa hasta que los encuentre.

     —¿Ha perdido sus anteojos? ¿Dónde los perdió? — preguntaron la señora cerda y sus cerditos.

     —No sabe. Los tenía puestos cuando salió a dar la vuelta en la mañana, pero cuando volvió a casa y se quitó la gorra verde para ver el agujero de la llave, ya no los tenía. Él quiere que lo ayuden a encontrarlos.

     —Nosotros iremos a buscarlos —dijeron los cerditos y fueron a un lado y fueron a otro y se cansaron, pero los anteojos no aparecieron. La señora cerdita pensó entonces: “El guajolote anda todo el día por todas partes y en la noche duerme en los árboles, yo creo que él podría encontrarlos”.

     Anda que anda fueron la señora cerdita, los cerditos y la gallina blanca a buscar al guajolote y, al encontrarlo, le dijeron:

     —El abuelo cerdo ha perdido sus anteojos y no podrá salir de su casa hasta que los encuentre.

     —Vaya, vaya dijo el guajolote—, y ¿dónde los perdió?

     —No sabe dónde respondieron, platicándole lo sucedido.

     —Haré todo lo que pueda por encontrar los anteojos— dijo el guajolote y anda que te anda, buscó ya en un lado, ya en el otro, pero no los pudo encontrar.

     —Allá va la golondrina —dijo uno de los cerditos—, va comiendo mosquitos y siguendo una nube de esos animalitos.

     Ella sube muy alto y ve muchas cosas, pudiera ser que ella los encontrara.

     Anda que te anda, corre que te corre, fueron la gallina blanca, la señora cerdita y los cerditos con el guajolote, y al ver a la golondrina le platicaron lo ocurrido. Ella escuchó con atención y exclamó:

     —¡Qué triste!, yo sé los lugares por donde más le gusta pasear al abuelo en las mañanas dijo la golondrina—, volaré muy bajo por esos lugares y también muy alto para encontrarlos.

     Vuela que te vuela, se fue la golondrina. Buscó con sus penetrantes ojos y con todo su ánimo, pero los anteojos no aparecieron.

     La gallina blanca recordó entonces, así de momento y dijo:

     —Si alguien pudiera encontrarlos, creo yo que sería el perrito hijo del perro color de chocolate.

     Anda que te anda, corre que te corre, vuela que te vuela, fueron todos a ver al perrito. Cuando estuvieron frente a él:

     —Perrito —le dijeron—, el abuelo cerdo ha perdido sus anteojos y no podrá salir de casa hasta que los encuentre.

     —Pobre abuelo cerdo —dijo el perrito—, y ¿dónde perdió los anteojos?

     Todos contestaron:

     —Nadie lo sabe —y le contaron todo lo sucedido.

     —¿El abuelo cerdo sale muy lejos cuando va a pasear por las mañanas? preguntó el perrito—. Mi amigo, el niñito, ve más que yo pero ahora él no está aquí, y yo buscaré y buscaré los anteojos. Ahora que recuerdo creo que yo sé donde están, porque esta mañana anduve jugando con ellos.

     —Sobre sus patitas tropezando a ratos, corrió el perrito por el camino hasta llegar donde estaban los anteojos. Volvió pronto, pronto, trayendo en su hociquito los anteojos que nadie encontraba.

     —Bien sabía yo que el perrito los encontraría —dijo la gallina blanca—, porque sus ojos ven lo que los otros no pueden ver.

     —No digas eso gallina —dijo el perrito —, porque quien ve más es mi amiguito Benito. Yo hice lo que pude. Vamos todos a darle la buena noticia al abuelo de que sus anteojos ya están aquí.

     —Anda que te anda, corre que te corre, vuela que te vuela, iban la gallina, la señora cerdita, los cerditos, el guajolote, la golondrina y el perrito. A una voz todos ellos, con gran alegría dijeron:

     —Abuelo cerdo, el perrito ha encontrado tus anteojos y ya podrás salir a la luz y venir con nosotros.

     Entonces, el abuelo cerdo, abrió un poquito la puerta y cogió los anteojos, pero cuando los tuvo en las manos dijo:

     —Yo oigo un silbido, oigo chiflar.

     No pasó mucho tiempo sin que llegara Benito, el niño amigo del perrito, y le platicaron lo ocurrido.

     El abuelo dio las gracias y todos los animales rieron. Luego, vuela que te vuela, corre que te corre, anda que te anda, todos se fueron a su casa.